|
|
|
Nunca antes un concierto de heavy metal había generado tanta expectativa previa como esta nueva visita de Iron Maiden. Sabido era que venían avasallando cuanto estadio se les cruzara por el camino con una lista de temas icónica. Por eso tanta tensión previa, por eso la locura de la reventa, por eso mucha gente afuera sin entrada y por eso un estadio tan lleno como ninguna banda de metal puro tuvo jamás. Muchas veces las expectativas desmedidas terminan por devorarse al espectáculo, dejando gusto a poco. Pero no fue esta la ocasión. No defraudaron. En nada. Ni en puesta, ni en sonido, ni en las canciones, ni en la interpretación. Fue un viaje en el tiempo hacia los dorados ´80 del heavy metal, con el telón y la escenografía de Powerslave como motivo principal del escenario. Que me perdonen las nuevas generaciones, pero el del viernes fue un recital para la vieja guardia. Una época que vivía en los posters y revistas; canciones que durante años sólo los viejos discos y casetes guardaron con recelo, se corporizaron en Ferro embrujando a casi 30 mil personas con el sonido más potente y puro que ha tenido Iron Maiden en todas sus visitas al país. Y de ahí la emoción que brotaba del campo. Porque no fue sólo adrenalina, pogo, coros multitudinarios, manos al cielo y celulares grabando. Piezas como Aces High, Revelations, Wasted Years, Moonchild, Powerslave, Heaven Can Wait, The Clairvoyant, o la épica grandilocuencia heavy en The Rime of The Ancient Mariner (ejecutados sus 14 minutos como si hubieran sido compuestos ayer y no en 1984) lograron que la emoción agitara corazones y se palpara en el aire. Pero no se trató de echar mano a la nostalgia y nada más, porque el presente de la banda abruma por su solidez y contundencia. El bajo omnipresente de Steve Harris ocupa buena parte del andamiaje sonoro junto a la batería de Nicko McBrain, quien sin ser visualmente espectacular, se pasea por todos y cada uno de los componentes de su instrumento. Las tres guitarras Murray/ Smith/ Gers intercambian protagonismo y cuelan solos, yeites y riffs históricos por todos los recovecos. Y allá arriba, sobre las tarimas que recorren la escena, disfrazado de soldado, marino o con una máscara enplumada, un Bruce Dickinson casi heroico se come el escenario, apresando las notas más altas de los estribillos como si aún tuviera 25 años. Cambian los telones del fondo, pasan clásicos más presentes en las últimas giras del grupo: The Trooper fue una topadora que arrasó con algunos silbidos tibios surgidos cuando ondeó la bandera inglesa; Run to The Hills, Fear of The Dark y The Number of the Beast con un coro abrumador; Iron Maiden (con el Eddie Cyborg) y la gloria final de Hallowed Be Thy Name coronaron el set. Fueron casi dos horas de pasión, recuerdo, amor, excitación y locura. Llámenlo exageración si quieren, pero les aseguro que cualquiera al que su sangre vibre con la música merece pasar, aunque más no sea, una noche como la que Iron Maiden entregó en Ferro. |
fuente: Rock & Pop