El gran guitarrista del rock local realizó el primero de sus dos shows programados para el fin de semana rosarino.
El viernes, mientras alguno estaba sentado en bolas, watcheando la tele donde se mataban El Pincha y Los Canallas (no en simultáneo) por el Clausura, Eduardo Skay Beilinson presentaba en Rosario, su tercer disco La Marca de Cain, esta vez junto a Los Seguidores de la Diosa Kali, en la primera de las dos fechas programadas.
El lugar, bastante pequeño e incómodo. Tres barras, una tribuna para un puñado y el sector para los menores a quienes se los aparta para que sea imposible expenderles bebidas alcohólicas. El cartel de “Aguante el Hígado” frente al escenario que no debe superar los diez metros de extensión recibía, entonces, al Flaco y los suyos ante un público donde se observaron notorios claros.
Tras los cánticos, Poli salió a pedir una bebida pero pocos la divisaron y en escasos minutos, Lecumberry, Claudio, El Topo, Reyna y el que tiene los ojos azules como el cielo, según dicen lo apodó Marta Minujín a principios de la década de los Setenta, arrancaban un show sumamente rockero donde, por jerarquía, la guitarra se apoderó del protagonismo.
Porque realmente Skay es un excelso guitarrista, enfrascado en su estereotipo hippie de los setenta, aquel al que siempre suscribió, con vincha, lentes y camisa arremangada, ayudado por un atril hizo un repaso por su reciente pero amplia discografía. Salvo “El Viaje de las Partículas” y la blusera “Canción de Cuna”, el resto fueron canciones potentes, prestas para el pogo que fue tímido porque muchos de los que estaban acudieron pues nobleza obliga.
“La Marca de Caín” se tocó en su plenitud pero también estuvieron el hit “Oda a la Sin Nombre”, la circense “Alcolito”, “Memorias de un Perro Mutante” y “El Gourmet del infierno”, además de las que le cantan a personajes de comics urbanos como “El Golem de Paternal” y “Gengis Khan”, entre otras. Y cuando todos coreaban “solo les pido que se vuelvan a juntar”, Beilinson exclamó: “a ver si encuentran una explicación”, y empezó a vibrar la depresiva “Dónde estás”.
También pasaron “La Masacre del Puticlub” en una versión apenas más glamorosa, “El pibe de los Astilleros” y la inefable e infaltable “Ji ji ji” para el final, que coronó con tal vez el riff más popular del violero escuálido, desgarbado, con movimientos silfídicos e improvisada voz, que tiene reminiscencias de villano de dibujo animado.
Skay no posee una gola privilegiada y el reverb es su salvación. Sí es un exquisito músico que parece haberse quedado estancado, vaya a saber por qué, en apenas llenar espacios reducidos aunque sus canciones tienen la violencia de un rock oscuro de los que van quedando pocos. Evidentemente, no acaricia su Gibson por el dinero sino por el placer de tocar y claro! la pucha que lo hace bien!
fuente: rock.com.ar