
Con gran dignidad y un repertorio soberbio, el argentino hizo su aporte al maravilloso concierto de Dylan en Vélez. Acompañado por jóvenes músicos con los que no toca habitualmente, presentó un repertorio de temas folklóricos y clásicos de la música latinoamericana, y terminó en clima de fiesta, acompañado nada menos que por Charly García y Gustavo Santaolalla. Y después brilló Dylan.
Se descontaba que León Gieco no iba a desaprovechar la histórica ocasión de compartir un escenario en su país con su primer maestro. Que -por ejempl0- no caería en el lugar común de tocar “Hombres de hierro” para complacer al público de Dylan y, de paso, legalizar por fin su declarada cita de inspiración en “Blowin’ in the wind”, ni que cedería a algún desborde con tal de despertar comentarios que sacaran de foco al verdadero protagonista de la velada. Así es de ubicado y respetuoso.
Pero no sólo hizo lo que se esperaba, sino que alzó la apuesta y armó un formidable show que posiblemente no tenga repetición -aunque felizmente fue grabado para un futuro disco en vivo- con temas del folklore argentino que alguna vez tocó o grabó en discos no oficiales suyos y con otros en homenaje a figuras de la música popular latinoamericana, hasta que presentó dos obras suyas en versiones bien distintas a las originales de los discos en estudio y cerró con una fiesta de genuino rock local, acompañado nada menos que por sus viejos amigos Charly García y Gustavo Santaolalla. Quién hubiera imaginado ver en acción a ese trío. Fue García, antes de tocar, quien saludó con una frase bien suya, tremendamente oportuna y hasta simpática, y explicó el por qué de esa reunión con destino de antología. Dijo, divertido: “Todo por Bobby…” Y no hubo necesidad de más.
Gieco arrancó bien de abajo con “Como la cigarra” de María Elena Walsh. Siguió con “Maturana” del Cuchi Leguizamón, “Zamba por vos” de Alfredo Zitarrosa, “Cuando llegue el alba” del repertorio de Jorge Cafrune, “A nuestros hijos” de Ivan Lins”, el propio “Chacareros de Dragones” que fue compuesto en tributo a Víctor Jara poco después de que éste fuera asesinado durante el golpe de Estado de Pinochet en Chile, “Casamiento de negros” de Violeta Parra y “La guitarra” que compuso en base a un poema inédito de Atahualpa Yupanqui”. Todo esto lo hizo con el acompañamiento de jóvenes músicos que no son su habitual compañía como el trío Aca Seca -el encuentro de Gieco con este interesantísimo grupo recuerda, en más de un aspecto, a aquel tan feliz que reunió a Ruben Blades con el costarricense Editus-, el armoniquista Franco Luciani y un trío de guitarras.
Luego Gieco invitó a Gustavo Santaolalla para versionar el antiquísimo yaraví “Canto en la rama” que rescató Leda Valladares y que los dos cantaron durante el viaje “De Ushuaia a La Quiaca”, y para cerrar el set, cantó “La memoria” en una nueva versión de guitarra y armónica, al más puro estilo Dylan de la primera mitad de los 60, que se candidatea con firmeza como para terminar siendo la definitiva de este tema de letra tan extensa como insoslayable, y “Cinco siglos igual” a capella.
La actuación de Gieco, ofrendada a Dylan pero sin dedicatoria explícita -salvo por un texto, “El Otrito”, que el músico argentino le escribió en un programa de mano que se repartió entre el público-, había tenido puntos de intensidad pero sin despertar gran fervor en el público, que a esta altura ya superaba las 20 mil personas. Pero la algarabía terminó desatándose con los bises. Gieco anunció que dos amigos lo acompañarían en ese cierre, y así aparecieron Santaolalla y Charly García. Los tres hicieron “Pensar en nada” y “El fantasma de Canterville”. Y en el aire flotó la sensación de que ese instante quedará en la historia del rock local.
Luego vino Dylan y su formidable concierto. Eso lo están reseñando, con mayor o menor dedicación, otros medios no dedicados al rock argentino como éste. Y sobre todo los presentes lo contarán durante mucho tiempo. Tan inolvidable fue. De verdad.
El concierto terminó poco antes de la medianoche. Y como haciendo justicia con tanto arte, el tiempo se detuvo o casi. Tal cual: los relojes se atrasaron una hora para que ese 15 de marzo no terminara.
Así que las crónicas tendrán que decir que Gieco y Dylan tocaron en Buenos Aires en la noche de un día que, de tan copado, duró 25 horas.

fuente: Rock.com.ar
May 29th, 2008 at 12:20 pm
Che una falta de respeto a leon lo que pusieron aca!
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